La evolución del Carnaval de Gualeguaychú: de comparsas barriales a espectáculo internacional
Repasamos cómo el Carnaval del País pasó de festejos barriales con raíces inmigrantes a convertirse en uno de los eventos culturales más importantes de Argentina, con sus hitos, cambios y el rol de las comparsas que lo sostienen.
El Carnaval de Gualeguaychú no nació como el gran espectáculo que es hoy. Sus orígenes se remontan a fines del siglo XIX, cuando los inmigrantes italianos, españoles y franceses que llegaban a la ciudad trajeron consigo la costumbre de los festejos de carnaval. En los primeros años se trataba de corsos informales en las calles del centro y de los barrios, con grupos que salían a tirar agua, harina y serpentinas.
Con el paso de las décadas, esos encuentros espontáneos fueron organizándose. Para principios de los años 30 del siglo pasado ya existían comparsas con nombres propios y cierta estructura, aunque todavía sin la escala que tienen ahora. Las primeras grandes agrupaciones surgieron en los barrios: La Bomba, Los Caporales y otras que competían por el aplauso del público local.
El gran salto se dio en la década del 70, cuando el municipio decidió crear un corsódromo fijo y reglamentar la competencia. El 1973 marcó un antes y un después: ese año se inauguró el actual trazado sobre la avenida que bordea el río Uruguay y se establecieron categorías oficiales. Desde entonces, el Carnaval del País tiene fecha fija en el calendario nacional.
Durante los años 80 y 90 el evento creció de manera exponencial. Las comparsas invirtieron en trajes cada vez más elaborados, con plumas, lentejuelas y estructuras que superaban los dos metros de altura. Se incorporaron plataformas móviles y se profesionalizó el diseño de coreografías. En ese período también se consolidó la presencia de las “pasistas”, figuras centrales que combinan baile, vestuario y carisma.
El nuevo milenio trajo cambios importantes en la forma de producir el carnaval. Las comparsas comenzaron a trabajar con meses de anticipación en galpones que se convierten en verdaderos talleres de arte. Hoy cada agrupación tiene su sede, su escuela de samba y su equipo de coreógrafos, costureros, plomeros y electricistas. Todo esto genera un movimiento económico que se siente en la ciudad durante todo el año.
Una de las transformaciones más visibles fue la incorporación de temáticas conceptuales. Ya no se trata solo de salir a bailar: cada comparsa presenta una historia completa que se desarrolla a lo largo de las cuatro noches de desfile. Los temas van desde la mitología griega hasta la historia argentina, pasando por homenajes al medio ambiente o a la diversidad cultural. Esta narrativa unificada obliga a los diseñadores a pensar el espectáculo como un todo coherente.
El corsódromo actual tiene capacidad para más de 20 mil personas por noche. Se trata de una estructura semicircular que permite ver el desfile desde diferentes ángulos. Las tribunas oficiales, las plateas y el sector popular se llenan desde temprano. El público no solo viene de Gualeguaychú y de Entre Ríos: cada año llegan visitantes de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y también de países vecinos como Uruguay y Brasil.
Las comparsas que hoy desfilan tienen historia propia. Papelitos, la más antigua en competencia continua, lleva más de cuatro décadas participando. Ara Yevá, Kamarr, Marambá y las demás tienen cada una su estilo, su barrio de origen y su hinchada fiel. La rivalidad sana entre ellas es parte del folklore del carnaval y genera que cada grupo busque superarse año tras año.
En los últimos tiempos se han incorporado elementos tecnológicos: luces LED en los trajes, pantallas en las carrozas y hasta drones que filman el espectáculo para las transmisiones en vivo. Sin embargo, el alma sigue siendo la misma: el trabajo artesanal de cientos de personas que cosen, pintan, arman y ensayan durante meses para cuatro noches de puro brillo.
El Carnaval de Gualeguaychú también cumplió un rol importante en la recuperación cultural después de la pandemia. En 2022, cuando volvió con aforo limitado, se vio claramente cuánto lo necesitaba la ciudad y sus habitantes. Ese regreso fue más que un desfile: fue una afirmación de identidad.
Hoy el evento se extiende más allá de los cuatro fines de semana de febrero. Hay visitas guiadas a los galpones de las comparsas durante todo el año, se organizan cursos de percusión y baile, y el corsódromo se usa para otros espectáculos. El carnaval se convirtió en una industria cultural que sostiene empleo directo e indirecto para cientos de familias.
Cada vez que una comparsa sale al corsódromo, lleva consigo más de un siglo de historia acumulada. Detrás de cada pluma, cada paso de baile y cada carroza hay generaciones enteras que mantuvieron viva la tradición. Y mientras el público aplaude, los hacedores ya piensan en el próximo año, porque en Gualeguaychú el carnaval nunca termina del todo: apenas toma aire para volver más grande.