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El primer genocidio por coronavirus y su relación con un médico en Galeguaychú

Luis Muiña, un represor civil condenado por crímenes contra la humanidad, contrajo coronavirus. En esta nota: La historia de la ocupación del Hospital de Posadas por los militares y paramilitares, cuando el cirujano de Gualeguaychú Julio César Rodríguez Otero estaba a cargo.

El primer genocidio por coronavirus y su relación con un médico en Galeguaychú

El primer genocidio por coronavirus y su relación con un médico en Galeguaychú

Hace tres años, tras la controvertida decisión de la Corte Suprema, que había entendido que la ley 2×1 era aplicable a los genocidas y torturadores, ElDía publicó la historia de Luis Muiña -el beneficiario de esta decisión del tribunal- y la del doctor Julio César Rodríguez Otero, nacido en Gualeguaychú, donde vivió hasta sus estudios en Rosario.

La semana pasada se supo que Muiña, que estaba detenido en la Unidad 34 del Campo de Mayo y que por tener 66 años de edad, también pertenece al llamado grupo de riesgo, tuvo que ser trasladado a un hospital porque tuvo que ser intervenido quirúrgicamente de urgencia y allí se le detectó coronavirus.

El hombre, que fue condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, fue trasladado a la unidad penitenciaria del Hospital Muñiz, donde han dado resultados positivos a todos los presos federales con COVID-19.

Muiña es un criminal emblemático porque, sin ser militar, perteneció al grupo de soldados de represalia que transformaron un sector del hospital de Posadas, el más grande del oeste del área metropolitana de Buenos Aires, en un centro secreto de detención donde decenas de trabajadores fueron secuestrados, torturados y desaparecidos.

El opresor, que torturaba a sus víctimas con porras eléctricas, quemaba sus cuerpos con cigarrillos y mojaba sus cabezas en agua, y que también las hacía desaparecer, fue condenado en varios juicios, uno de ellos a cadena perpetua.

Su nombre tuvo un impacto en mayo de 2017, cuando la Corte Suprema causó un escándalo al dictar una sentencia a favor de Muiña, quien en ese momento fue condenada a 13 años de prisión en un solo juicio. El máximo órgano judicial lo liberó, reduciendo su sentencia gracias a una ley llamada “2×1”, que duplica el tiempo que un recluso pasa en prisión sin una sentencia fija.

El veredicto causó un alboroto social porque los otros líderes de la represalia también comenzaron a pedir el “2×1”, pero gracias a las históricas movilizaciones lideradas por las organizaciones de derechos humanos, el Congreso celebró una sesión de emergencia para revertir la medida.

El Posadas

La 28ª sesión del Congreso se celebró el 28 de febrero. El 28 de marzo de 1976, cuatro días después de que las fuerzas armadas tomaran el poder en un ataque con tanques y helicópteros, y bajo el mando del general de brigada Reynaldo Benito Bignone, delegado de la junta militar en el Ministerio de Desarrollo Social, que fue presidente durante los últimos meses de la dictadura y fue condenado por cinco cargos de crímenes contra la humanidad, los militares irrumpieron en el hospital de Posadas en Haedo.

Más de 30 doctores, enfermeras y personal del hospital fueron secuestrados a pocos metros y torturados. La casa del director del hospital se convirtió en un campo de prisioneros secreto: En las posadas la gente se curaba; en “El Chalet” tenían lugar las escenas más terribles de la miseria humana.

A partir de ese momento operó en el Nosocomium un grupo de paramilitares que, según decenas de testimonios de trabajadores, “recorrieron los pasillos del hospital con armas en las manos”, entre ellos Luis Muiña.

El caso de Rodríguez Otero

En el proceso de Bignone, Muiña y otras represalias, el juez federal Daniel Rafecas destacó la “paradoja” de la existencia del centro de detención secreto “El Chalet” dentro de un hospital. ¿Pero qué era El Chalet? Antes de la invasión militar, era la casa del director del hospital, donde vivía con su familia.

El 28 de marzo de 1976, los militares encontraron a un Gualeguaychuense que estaba a cargo de la instalación: el cirujano Julio César Rodríguez Otero. Al igual que el resto de los trabajadores del lugar, fue secuestrado ilegalmente y sometido a las más terribles e inhumanas torturas, lo suficientemente perjudiciales, entre otras cosas, para impedirle practicar la cirugía por el resto de su vida.

El 28 de marzo de 1976, los militares encontraron a un Gualeguaychuense al frente de la institución: el cirujano Julio César Rodríguez Otero

“Hermano de dos hombres y dos mujeres, había estudiado medicina en Rosario y luego se fue a vivir a Buenos Aires. Se casó con una hermosa mujer, Dora Muñoz, que era fabricante de instrumentos quirúrgicos. Tenían tres hijos, y toda la familia, como cualquier otra familia, vivía en la villa de las posadas, donde íbamos a cenar los fines de semana”. La que recordaba esas noches en Haedo era María José Rodríguez, sobrina de “Quicos”, como se llamaba el hermano de su padre. En la entrevista que aceptó hace tres años.

A la edad de 17 años y después de graduarse en Enova, dejó Gualeguaychú para estudiar sociología en Buenos Aires. Así, más allá de “lo que la memoria decide no recordar”, tiene en mente todo el proceso de toma de las posadas y el secuestro de su tío.

Rodríguez Otero fue llevado a la Inspección de Seguridad Federal -conocida como Coordinación Federal- donde “le hicieron una pelota, física y mentalmente”, pero antes de eso fue secuestrado en su propia casa.

“En ese momento yo trabajaba en la Asociación Argentina de Anestesia, y cuando fui a trabajar después del golpe, me informaron que mi tío había sido arrestado y me pidieron que renunciara; en ese momento yo estaba sin trabajo”, recuerda el sociólogo.

Rodríguez Otero fue llevado a la Superintendencia de Seguridad Federal -conocida como Coordinación Federal- donde “le hicieron una pelota, física y mentalmente”, pero antes de eso fue secuestrado en su propia casa.

María José recordó uno de los episodios que marcaron este momento para la familia. “Dorita – su tía – estaba preocupada por la cantidad de libros que su tío tenía. En la biblioteca de Quico había libros míos, porque tomamos prestado mucho material, libros de Marx, Gramsci y otros autores prohibidos por la dictadura. Había tapado las tuberías del baño para tirar libros, por miedo; una noche llegué con Gustavo – su futuro marido – y como no éramos conscientes del peligro que corríamos, empezamos a destapar las tuberías desde fuera de la casa, con los militares a pocos metros”, recuerda.

Ni los lazos de su tío con el Partido Comunista ni el fuerte compromiso personal del Gualeguaychuense con el distrito de Carlos Garda que rodea las posadas fueron los motivos del exceso militar de su sobrina en el hospital de Haedo. “Creo que los militares tenían el objetivo de destruir un hospital modelo, un modelo de salud.

No buscaban a una persona, querían destruir una modalidad de ejercicio de la salud y la relación que el hospital tenía con las barriadas de los alrededores”, reflexionaba la sobrina de Rodríguez Otero hace tres años.