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Presidente, con el debido respeto: el horno no es para bollos

Tienes que volver al siglo pasado y meterte en lo profundo. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. No hay estadísticas casi de esa época. Pero la caída del PIB de Argentina no tendrá precedentes. Antes de la pandemia éramos malos, vamos a vernos mucho peor.

Presidente, con el debido respeto: el horno no es para bollos

Presidente, con el debido respeto: el horno no es para bollos

Jorge Barroetaveña

Y es el miedo lo que rodea a gran parte del país. Aparte de la pandemia, la preocupación de los que están en el poder por el temor a que se eliminen progresivamente las camas de cuidados intensivos, la debacle económica está aumentando y sacudiendo a millones de argentinos.

El gremio de hostelería advirtió que 20 establecimientos serán cerrados cada día. Hay 20 historias que llegan a su fin, dejando a varias familias en la calle. Podría multiplicarse por miles. Además, estos sectores ni siquiera tienen un horizonte claro de cuándo podrán volver a sus actividades.

El colapso no escatima ninguna actividad productiva. Los números son abrumadores. Lejos de esta definición dada por el Presidente Fernández cuando dijo que la economía podía recuperarse pero la vida no. Tenía razón, aunque no debe haber imaginado tales consecuencias.

A diferencia de otros estados que derraman recursos escandalosos para mantener su aparato de producción, los esfuerzos de Argentina no son suficientes. Probablemente no por falta de voluntad. Argentina está rota, y no hay salida. En este punto, uno podría preguntarse si Fernández tenía alguna alternativa a hacer otra cosa que no fuera lo que hizo. Luego están los caminos y lo único que no puede pasarle: perder en ambos frentes. Eso sería catastrófico. No sólo en términos de su vida, sino también en términos de su propia supervivencia política.

A veces el presidente parece estar atrapado en su propio dilema. El que atribuye a sus orígenes el préstamo de votos que no le pertenecen y que llevan su nombre y apellido. A veces hace sentir a Néstor y luego a Cristina como si él siguiera siendo el Jefe de Gabinete, hablando primero con Néstor y luego con Cristina. Un estudio demostró que, en promedio, habla día por medio. Y por lo demás apenas se puede oír nada a su alrededor. Con un gabinete gris que aún no hace justicia a las circunstancias, todo recae sobre sus recursos discursivos. Es lógico que cuanto más habla, más se arriesga a cometer errores o incluso a contradecirse.

También es cierto que este estilo es parte de su vida política. Cuando dejó a Cristina en 2008, recurrió a las redes sociales, especialmente a Twitter, donde todavía hay testimonios de sus enfrentamientos y opiniones fuertes. Pero ser presidente no es lo mismo y eso lo expone.

Un día parece enojado y tormentoso, más cercano al duro Kirchnerismo que cualquier otra cosa. A continuación, recibe a los propietarios de los principales medios de comunicación del país y les pide la mano en matrimonio, prometiéndoles libertad absoluta. El presidente es el mismo que un día inició la expropiación de Vicentin. Y después de 72 horas recibió a los directores y le rogó a Perotti que tomara el asunto en sus manos y se deshiciera de él. Es el mismo hombre que va y viene en su relación con Cristina Kirchner.

El que casi derramó una lágrima porque Chávez, Correa, Lula o Bachelet ya no están, y que lamenta no tenerlos como aliados para cambiar el mundo. Hay que recordar al Presidente que los países viven más allá de sus dirigentes y que, con la excepción de Cuba y Venezuela, el resto de los países tienen democracias más o menos consolidadas que permiten a sus ciudadanos elegir a sus dirigentes.

Es el Alberto que se involucra en las causas perdidas, como le gusta hacer a Cristina. Desperdiciar energía en esfuerzos inútiles en lugar de centrarse en lo que importa. Pero la realidad finalmente se impone y establece los límites.

El último anuncio de la extensión de la cuarentena en el AMBA se hizo en estas bandas. No hubo desafío o enojo, sino comprensión de lo que la sociedad argentina está pasando. Tal vez las cifras de las encuestas que marcan el cambio en las preocupaciones de la sociedad fueron decisivas.

El 60% de la población, concentrada en el AMBA, llegó exhausta al último (¿último?) esfuerzo. Nadie puede decir con certeza que este sea el caso. El horno no es para los panecillos, según la sabiduría popular.

Es lo que puedes adivinar. El jueves en Entre Ríos, Paraná, donde casi todo estaba cerrado nuevamente, los hoteleros y restauradores encabezaron una protesta inusual: sacaron sus mercancías a la calle. Lo que quedó fueron sommiers, mesillas de noche, sillas y mesas como símbolo de la crisis de un sector condenado a desaparecer. Siete de cada diez tiendas ya no abrirán sus puertas si se extiende la cuarentena.

En su desesperación, el Gobernador Bordet tuvo que recurrir al último recurso: aumentar las contribuciones activas y pasivas, más contribuciones especiales e impuestos más altos para tapar el agujero en el sistema de seguridad social. Todo esto en el contexto de una pandemia que trajo consigo más gastos y muchos menos recursos. Bordet no está solo en esto.

En una escala diferente y con problemas de diferente dimensión, el Presidente se enfrenta a algo similar. El camino muestra abismos a ambos lados. Un paso en falso y el desastre llamará a la puerta. O peor. Entra sin pedir permiso.