Gualeguaychú desde adentro: 12 experiencias que los locales eligen una y otra vez
Más allá del corsódromo y la playa, la ciudad entrerriana guarda rutas, sabores, historias y rincones que los gualeguaychuenses recomiendan a quien quiere conocerla de verdad.
Cuando alguien pregunta qué hacer en Gualeguaychú, la respuesta automática suele ser el Corsódromo, Termas o el Parque Termal. Pero si uno se queda a charlar un rato con los que nacieron y viven acá, aparece otra ciudad, más tranquila, más espesa, que se disfruta todo el año y no solo en verano o carnaval.
La comunidad lo cuenta mejor que nadie. Por eso armamos esta guía conversada, con sugerencias que surgen de conversaciones en la costanera, en la feria de la plaza o en el bar de siempre. Lugares y actividades que los locales eligen para ellos mismos, no para la foto.
Empezar el día con el río de cerca
Antes de que el sol apriete, vale la pena bajar a la costanera norte, esa que los gualeguaychuenses llaman “la de los pescadores”. Ahí no hay puestos de choripán ni parlantes; solo el rumor del agua contra las piedras y algún vecino con caña. Caminar hasta el viejo muelle, sentarse en el banco de cemento y mirar cómo cambia el color del río según la hora es una rutina que muchos repiten sin contarlo en redes.
Desde ahí se puede seguir por la bicisenda que bordea el Gualeguaychú hasta llegar al Club de Remo. Si tenés tiempo, alquilá una bici en alguno de los puestos que hay cerca del puente y pedaleá sin apuro. El trayecto es plano y los árboles dan sombra casi todo el camino.
El circuito de las chacras y las quintas
A pocos kilómetros del centro, por el camino que va hacia Urdinarrain, se abre un mundo de productores que abrieron sus puertas. No es una ruta turística armada con folleto; es gente que vende lo que cosecha o elabora. Miel de eucalipto, dulces de membrillo, quesos de cabra, huevos de campo y hasta gin artesanal hecho con botánicos locales. Parar en tres o cuatro lugares, charlar con el dueño y volver con la heladera llena es un plan que cualquier familia de la ciudad hace al menos una vez por mes.
Uno de los lugares más queridos es la chacra de los Pereyra, donde además de comprar se puede caminar entre los árboles frutales y que te expliquen por qué ese durazno tiene ese sabor. No hace falta reservar; basta con aparecer y saludar.
El cementerio y la memoria de los inmigrantes
Puede sonar raro incluir un cementerio en una lista de “qué hacer”, pero el Cementerio Viejo de Gualeguaychú es uno de los sitios que más dicen de la ciudad. Fundado en 1870, sus panteones de familias italianas, españolas y alemanas cuentan una historia de esfuerzo y orgullo que se repite en los apellidos que todavía se escuchan en los comercios del centro. Los locales van a visitar a sus muertos y terminan paseando entre las tumbas como quien recorre un museo al aire libre. Es silencioso, está lleno de árboles añosos y en primavera se llena de margaritas silvestres.
Paseo en lancha por los arroyos
En vez de subir al típico catamarán que sale del puerto turístico, muchos eligen contratar una lancha chica con un barquero local para internarse por el arroyo El Cura o el arroyo Ñancay. Ahí el paisaje se cierra, aparecen las totoras, los carpinchos y, si tenés suerte, algún aguará guazú. El silencio es tan profundo que se escucha el golpe de la cola de un dorado saltando. Es un plan que se disfruta más en primavera y otoño, cuando no hay tanta gente ni tanto calor.
La ruta de las capillas y los gauchos
Siguiendo por los caminos de tierra hacia el norte, aparecen capillas rurales que siguen siendo el centro de la vida de los parajes. La capilla de San Antonio de Padua en Paraje Las Garzas o la de la Virgen de Itatí en Costa San Antonio son lugares donde, además de la fe, se organizan bailes, se comparte un asado después de la misa y se mantiene viva la tradición criolla. Si coincide con alguna fiesta patronal, vas a comer tortas fritas y vas a escuchar guitarreadas hasta la madrugada. Eso hay que verlo en el barrio, no en el comunicado.
Mercados y ferias que cambian según la estación
Los domingos por la mañana la Plaza San Martín se llena de puestos de verdura, artesanos y algún que otro músico. Pero los que saben van también al Mercado de la Estación, donde los productores de la zona venden directo sin intermediarios. Ahí encontrás desde zapallos criollos hasta alfajores de maicena hechos por abuelas del barrio 14 de Febrero. En invierno, la feria se muda bajo techo y aparece el puesto de sopa paraguaya y chipá que prepara doña Lita, una referente del barrio que cocina como si estuviera en su casa.
Caminatas por el monte nativo
A 18 kilómetros de la ciudad, el Parque Nacional Predelta ofrece una versión más salvaje del río. Pero los locales prefieren el sendero que sale desde el paraje Costa Uruguay, menos conocido y más accesible. Son tres kilómetros de monte donde se ven lapachos, timbós y sauces criollos. Llevar binoculares para ver pájaros y una vianda es lo que recomienda cualquiera que haya ido más de una vez. Detrás del paseo hay una historia de conservación que los vecinos del lugar defienden hace años.
La noche de peñas y milongas
Cuando cae el sol, Gualeguaychú cambia de ritmo. En el Centro Cultural y Recreativo “La Amistad” o en el Club Juventud Unida se arman peñas donde se baila chamamé y se come chipá de mandioca caliente. No es espectáculo para turistas; es gente del barrio que va a pasar el rato. Si querés aprender, hay milongas de tango los viernes en el salón del Centro Sirio Libanés donde maestros locales dan clase antes de la pista libre. Es una forma de entender que la ciudad tiene más de una identidad musical.
El sabor de lo nuestro
Más allá de las parrillas de la costanera, los locales comen en lugares que no figuran en las guías. El comedor de la Sociedad de Fomento del barrio Norte sirve los mejores ravioles de ricota y espinaca los miércoles. En la rotonda de acceso a la ruta 14, el puesto de doña Rosa vende el mejor sánguche de bondiola al pastor que vas a probar en tu vida. Y para el postre, nada como pasar por la heladería familiar “El Rincón del Helado” y pedir un cucurucho de crema de limón con albahaca, un sabor que inventaron hace quince años y que ya es clásico.
El río en invierno
Muchos creen que Gualeguaychú es solo de verano, pero los que viven acá saben que el invierno tiene su encanto. Cuando baja la temperatura, el vapor que sale del agua caliente de las termas se mezcla con la niebla del río y crea un paisaje que parece pintado. Caminar por la costanera envuelto en un abrigo, tomar un mate cocido en algún barcito y mirar cómo los pescadores sacan bagres es un placer que pocos conocen. Además, en esta época los precios bajan y la ciudad se siente más propia.
Consejos prácticos para moverse como local
Usá la bici o caminá. La ciudad es plana y casi todo está cerca. Llevá siempre repelente porque cerca del río los mosquitos no avisan. Respetá los tiempos: acá nada abre antes de las 9 y nada cierra tarde si no es fin de semana. Y sobre todo, conversá. Preguntale a la señora que vende tortas en la feria o al tipo que está pescando. La comunidad lo cuenta mejor que nadie y casi siempre termina invitándote a seguir la charla en otro lado.
Gualeguaychú no es solo carnaval ni solo termas. Es un entramado de historias, sabores, paisajes y personas que se viven a otro ritmo. Y eso, justamente, es lo que los que vivimos acá no cambiaríamos por nada.